Los Caballeros lucían fastuosos con sus esmóquines, los fajines rojos, las capas negras y los tricornios con plumas de marabú. Ocupé mi sitio detrás de las otras chicas en la procesión mientras la orquesta tocaba Nobody Does It Better, pero di media vuelta con el propósito de huir cuando los caballeros alzaron sus espadas y formaron un arco. La tía Feen me agarró y me dio un empujón. Cerré los ojos, sujeté con fuerza mi ramillete, y eché a correr bajo las espadas como si mi vida estuviera en peligro.

A pesar de mi miedo a los objetos puntiagudos y tintineantes, ese día me enamoré del Leonard's. Fue mi primer evento italiano oficial. No podía esperar a crecer y emular a mi madre y sus amigas, que bebían cócteles Harvey Wallbanger en vasos de cristal tallado, vestidas con lentejuelas plateadas de la cabeza a los pies. Cuando tenía nueve años pensaba que el Leonard's tenía clase. No importa que desde el carril de adelantamiento del Northern Boulevard parezca un casino de estuco blanco de la Riviera francesa en la ruta hacia Long Island. Para mí, el Leonard's era una casa encantada.

La experiencia de La Dolce Vita comienza cuando te encaminas hacia la entrada. El amplio sendero de acceso, en forma de rotonda, es idéntico al Pemberley de Jane Austen y también se asemeja a la zona de aparcamiento de la tienda Neiman Marcus, en el exterior del centro comercial de Short Hills. De eso va Leonard's: dondequiera que mires recuerdas lugares elegantes en los que has estado. Los ventanales de dos plantas evocan al Metropolitan Opera House, mientras que la fuente escalonada es exactamente la de Trevi. Casi te sientes en el corazón de Roma, hasta que caes en la cuenta de que su cascada está en realidad acallando el tránsito de la I-495.

Sus jardines son una maravilla de los arreglos botánicos, hay bojes tallados en largos rectángulos, bajos lindes de tejo, setos recortados en forma de óvalos y arrayanes esculpidos en espiral, como cucuruchos de helado. Los arbustos, muy cuidados, están colocados en lustrosos lechos de piedras de río, apropiados elementos decorativos que anuncian las esculturas de hielo que se alzan por encima de la rústica barra del interior.



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