
Las luces exteriores recuerdan el Strip de Las Vegas, pero con mucho mejor gusto; como las bombillas están empotradas, generan un brillo tenue y titilante. Setos ornamentales con forma de media luna flanquean las puertas de entrada. Debajo de ellos, arbustos bajos semejantes a albóndigas sirven de base a unas flores, aves del paraíso, que brotan de los setos como sombrillas de cóctel.
La orquesta toca Burning Down the House cuando me doy un minuto para recuperar el aliento en el lavabo de mujeres. Estoy sola por primera vez el día de la boda de mi hermana Jaclyn y me gusta, pues ha sido larga. Soporto la tensión de toda la familia en las vértebras del cuello. Cuando me case, me fugaré al ayuntamiento, porque mis huesos no podrían aguantar la presión de otra espectacular boda Roncalli. Me he perdido las gambas rebozadas de cerveza y los canapés de paté, pero sobreviviré. Los meses de preparación de esta boda casi me han causado una úlcera y la ceremonia en sí ha provocado en mi ojo derecho un tic pulsante que sólo he podido calmar con un chupete helado que le arrebaté al bebé de mi prima Kitty Calzetti después de la misa nupcial. A pesar de la acidez gástrica, el día está resultando maravilloso. Me alegro por mi hermana menor, a la que recuerdo en mis brazos el día que nació, como una rosa Capodimonte.
Levanto mi bolso con forma de copa de martini cubierto de lentejuelas (el regalo de la novia para la fiesta) hacia el espejo y digo: «Quiero dar las gracias a Kleinfeld de Brooklyn, que imitó a la perfección el vestido sin tirantes de Vera Wang, y también a Spanx, el genio del corsé, que transformó mi cuerpo en forma de pera en una tabla de surf». Me acerco más al espejo y reviso mis dientes. No hay boda italiana sin almejas estilo casino espolvoreadas con hojuelas de perejil, y ya sabéis dónde terminan.
