Busco a los camareros con la mirada. ¿Podría alguien servir a este tío, por favor? El camarero interpreta mi señal, pero trae un recipiente con salsa. El señor Delboccio remoja en ella lo que queda de su carne-. Valentine, así están las cosas: como mujer, tienes una ventana. Una ventana que te ofrece la oportunidad de mostrar el rostro, la figura y la vitalidad para atraer a un hombre. Ergo, tienes que agarrar a un chico mientras la ventana esté abierta, porque una vez que se cierra, bam, pierdes la oportunidad, y estás en un armario sin ventilación. Sola. ¿Entiendes? Se ha cortado el oxígeno, ningún hombre puede sobrevivir ahí. ¿Lo coges? Tic, toe. Un hombre siempre puede encontrar una mujer, pero una mujer no siempre puede encontrar a un hombre.

– Ed, no más bombón. -La señora Delboccio mueve el vaso de su esposo y me mira con gesto de disculpa-. Valentine tiene mucha vida por delante.

– Nunca he dicho que no la tenga, pero ¿te acuerdas de mi hermana Madeline, la que se mudó con mamá cuando a mamá le encontraron el tumor cerebral? Mi pobre madre padecía un dolor de cabeza que se convirtió en un cáncer masivo de la noche a la mañana. Como sea, ¿qué edad tenía Mad entonces? Treinta a lo sumo. Se mudó, se encargó de mamá hasta que murió, descanse en paz, y entonces Madeline se quedó sola, ¿adónde iba a ir? Era la tía solterona. -Ed busca su panecillo para untarlo con mantequilla; ya se lo ha comido, así que toma el de su esposa-. Todas las familias italianas tienen una como tú.

Abro la boca para discrepar, pero no sale ninguna palabra. Quizá tiene razón. Me imagino mi futuro en una residencia de ancianos para mujeres solteras. La sala de la televisión en la «residencia Roncalli para solteros» tendría las cabezas de Phyllis Diller, Joan Rivers y Susie Essman colgadas sobre la chimenea. Trofeos de caza mayor para chicas que reparten grandes risas. Por la manera como avanza la tarde, tendré que reservar mi plaza antes de lo que pensaba.



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