
– Tu primer amor -dice la señora Delboccio, y mira a su marido-. Ed y yo tenemos la misma historia, con un final diferente. Lo conocí cuando tenía dieciocho, nos casamos a los veinticuatro y aquí estamos.
– Sois una inspiración para todos nosotros -digo, poniendo demasiada sal en mi ensalada.
– Gracias -dice Shirley con aire satisfecho.
– Tu madre estaba muy preocupada por ti en esa época -dice Sue Silverstein mientras se estira y me palmea la mano.
– No hay de qué preocuparse. Adoro las vicisitudes que he tenido en la vida. -Es adorable que los amigos de mis padres beban demasiado y me digan cosas que ni mi madre me diría.
– Una actitud positiva lo es todo -dice Max Silverstein, amenazándome con su tenedor.
– Sabes que nuestro hijo Frank está completamente disponible -dice la señora Delboccio antes de sorber su vino-. No es gay -añade a continuación-, sólo es selectivo.
– Bueno, yo estoy buscando selectividad -digo con una sonrisa forzada.
La señora Delboccio oprime el muslo de su marido debajo de la mesa, para que él recuerde que he dicho algo positivo sobre Frank.
– ¿Hace cuánto que te plantaron? -pregunta el señor Delboccio.
– ¡Ed! -chilla su esposa.
– Tres años -digo entre dientes.
El señor Delboccio silba por lo bajo y dice:
– Tres años desde tu gran momento.
– ¿Ahora sales con alguien? -pregunta la señora La Vaguen -Si fuera así, lo habría traído a la boda. -La señora Delboccio habla de mí como si el vino que me bebo con glotonería fuera una poción mágica que me hiciera invisible.
– Podría conseguir una cita, mírala. -El señor Delboccio contempla mis pechos como si fueran dos peces exóticos nadando en direcciones opuestas en un estanque-. Debe de querer estar sola.
– No os preocupéis por mí -digo apretando los dientes-. Estoy bien.
– Nadie dice que no lo estés -dice el señor Delboccio, que termina su bombón con té helado y golpea el vaso en la mesa como si fuera un hacha.
