
Helena se alejó rápidamente y bajó las escaleras corriendo para reunirse con su grupo. Ahora se sentía furiosa.
Había estado dispuesta a hacer un trato razonable, pero ese hombre no era razonable. Ni siquiera era un hombre civilizado y su comportamiento resultaba insoportable.
«Si cree que no sé qué clase de persona es…». Esas palabras ardían en su mente.
«Yo te diré la clase de persona que soy», pensó. «Soy la clase de persona que no tolera un comportamiento como el tuyo, la clase de persona que te pondría un ojo morado y disfrutaría haciéndolo. Yo soy de esa clase. Bien, si así es como quieres hacerlo, disfrutaré de una buena pelea».
Capítulo 2
DISCRETAMENTE, Helena volvió a mezclarse entre el grupo, aliviada porque, al parecer, nadie se había percatado de su ausencia. Rico, el guía, estaba anunciando el final de la visita.
– Pero antes de llevaros de vuelta, hacednos el honor de aceptar un refrigerio. Por aquí, por favor.
Los llevó hasta una sala donde había una mesa larga con tartas, vino y agua mineral y comenzó a servirles. Cuando estaba dándole un vaso a Helena, alzó la vista bruscamente, alertado por alguien que acababa de entrar en la habitación y que lo estaba llamando.
– Perdona que te moleste, Rico, pero ¿sabes dónde está Emilio?
Helena reconoció el nombre. Emilio Ganzi había sido el administrador en quien Antonio había confiado durante años.
– Ha salido -dijo Rico-, pero llegará en cualquier momento.
– Está bien, esperaré.
Era él, el hombre que había visto en el despacho, y ahora ya no tuvo dudas de que se trataba de Salvatore. Se quedó atrás, discretamente, y así tuvo la oportunidad de observar a su enemigo sin ser vista.
