
Todo calculado, pensó. Cada centímetro había sido cuidadosamente tallado, cada movimiento estudiado de antemano, todo planeado para inflamar el deseo masculino y, con ello, proporcionarle dinero a la dueña de ese cuerpo. Y ahora ella tenía el dinero que había planeado conseguir. O eso creía.
«Pero yo también puedo hacer cálculos», pensó él. «Como estás a punto de descubrir. Y cuando tus armas demuestren ser inútiles contra mí… ¿qué harás?».
Se oyó un pitido desde su escritorio y la voz de su secretaria dijo:
– El signor Raffano está aquí.
– Dile que pase.
Raffano era su consejero financiero, además de un viejo amigo. Lo había citado en su despacho en el palazzo Veretti para discutir unos asuntos urgentes.
– Tenemos más noticias -dijo Salvatore, ya sentado y de manera cortante mientras, le indicaba al hombre que tomara asiento.
´-¿Quieres decir además de la muerte de tu primo? -preguntó el hombre con cautela.
– Antonio era el primo de mi padre, no mío -le recordó Salvatore-. Siempre fue un poco criticón y dado a cometer estupideces sin pensar en las consecuencias.
– Se le conocía como un hombre al que le gustaba pasárselo bien -dijo Raffano-. La gente decía que con ello demostraba que era un auténtico veneciano.
– Eso es un insulto para todos los venecianos. No hay muchos con su insensata indiferencia por todo lo que no fuera su propio placer. Él se gastaba el dinero, se lo bebía todo y se acostaba con mujeres sin importarle el resto del mundo.
·He de admitir que debería haberse responsabilizado más de la fábrica de cristal.
– Pero en -lugar de eso, lo puso todo en manos de su administrador y se esfumó para divertirse.
– Probablemente lo más inteligente que pudo haber hecho. Emilio es un representante brillante y dudo que Antonio hubiera podido dirigir ese lugar igual de bien. Recordemos lo mejor de él. Era popular y se le echará de menos. ¿Traerán su cuerpo a casa para que se le en-tiene? -preguntó Raffano.
