·No, tengo entendido que el funeral ya se ha celebrado en Miami, donde vivió estos dos últimos años -dijo Salvatore-. Es su viuda la que vendrá a Venecia.

– ¿Su viuda? -preguntó Raffano-. ¿Pero estaba…?

– Al parecer lo estaba. Hace poco compró la compañía de una mujerzuela frívola que no se diferenciaba de muchas otras que habían pasado por su vida. No me queda la menor duda de que le pagó bien, pero ella quería más. Quería casarse para, en su debido tiempo, poder heredar su fortuna.

– Juzgas a la gente con demasiada rapidez, Salvatore. Siempre lo has hecho.

– Y tengo razón.

– No sabes nada de esa mujer.

– Sé esto -y con un brusco movimiento, Salvatore tiró la fotografía de la mesa.

Raffano silbó mientras la recogía del suelo.

– ¿Es ella? ¿Estás seguro? Es imposible verle la cara.

No, es por esa enorme pamela, pero ¿qué importa la cara? Fíjate en el cuerpo.

·-Un cuerpo para encender a un hombre de deseo -asintió Raffano-. ¿Cómo la has conseguido?

– Un amigo común se encontró con ellos hace un par de años. Creo que los dos se acababan de conocer y mi amigo les sacó una foto y me la envió con una nota que decía que esa chica era «el último caprichito» de Antonio.

– Lo único que se ve es que debían de estar en la playa -dijo Raffano.

– El sitio perfecto para ella -añadió Salvatore secamente-. ¿Dónde, si no, podría lucir sus caros encantos? Después se lo llevó a Miami y lo convenció para que se casara con ella.

– ¿Cuándo se celebró la boda?

– No lo sé. Hasta aquí no llegó ninguna noticia, algo de lo que, probablemente, se encargó ella. Debía de saber que, si la familia de Antonio se enteraba de lo de la boda, la habría impedido.

– Me pregunto cómo -señaló Raffano-. Antonio ya había cumplido los sesenta, no era un adolescente que obedeciera vuestras órdenes.



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