Jackson sonrió, se dirigió hacia la tienda y aguardó en la corta fila. No creía en eso. Pero era divertido y por una buena causa.

Cuando le llegó su turno, le entregó al encargado un billete de cinco dólares, y entró. Al instante sus sentidos se vieron invadidos por una fragancia embriagadora que le recordó a sidra afrutada. Un suave resplandor dorado emanaba de docenas de velas de diversos tamaños que bañaban el interior con una pátina de calidez.

En el centro de la tienda había una mesa circular cubierta con una tela brillante con lentejuelas y dos sillas vacías.

Al otro lado de la mesa, envuelta en un resplandor titilante de luz, se erguía una mujer con un disfraz de gitana. Sus ojos se encontraron y Jackson se quedó quieto por la descarga de lujuria que lo golpeó.

Durante varios segundos, simplemente se miraron, y Jackson agradeció que un mecanismo interno mantuviera sus pulmones en funcionamiento, porque daba la impresión de que había olvidado respirar. Esa mujer era… increíble. Un cabello lustroso y ondulado que le llegaba hasta la altura de los hombros, que parecía revuelto de forma sensual por la mano de un amante. Ojos bien espaciados, cuyo color no pudo distinguir, y que reflejaban la misma sorpresa e interés que sabía que anidaban en los suyos. Bajó la vista y la demoró sobre unos labios plenos y rosados que le recordaron moras maduras, antes de percatarse de la piel blanca y suave de los hombros que revelaba la blusa. Una falda larga y colorida que rozaba el suelo completaba el atuendo. Parecía exuberante y curvilínea, femenina y sexy como todos los demonios, y todo lo que había de masculino en él lo notó de inmediato.

Y entonces ella se movió.

Avanzó lentamente, ofreciéndole una seductora insinuación de lo que imaginaba que serían unas piernas fantásticas. Cada paso estaba acompañado por el leve tintineo de unas campanillas que colgaban del cinturón dorado que le rodeaba las caderas… unas caderas que se contoneaban con un andar pecaminoso.



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