
Al ser el «nuevo» ejecutivo contratado de fuera, había esperado enfrentarse con cierto resentimiento y hostilidad, y el primer correo seco de la señorita Addison le había dejado bien claro que su relación no sería un camino de rosas. Perfecto. En su implacable ascensión hasta la cima, estaba acostumbrado a eso. Pero en el primer correo que había recibido de ella, le había pedido una explicación escrita de una cena de 743,82 dólares que había pasado como gastos, sugiriéndole que consultara el manual de la empresa acerca de los gastos «exorbitantes». Desdé luego, no necesitaba una licenciatura en jeroglíficos para leer el código oculto de que evidentemente consideraba que el cargo de la cena resultaba sospechoso y tenía todas las intenciones de llegar hasta el fondo del asunto.
Eso lo había irritado. Sobremodo, que se cuestionara su integridad. Como si se hubiera inventado esa dichosa cena. Le había encantado ofrecer una respuesta igual de seca, señalando que el jefe de ambos había sugerido que agasajara a esos clientes en ese restaurante especialmente caro.
Oh, sí, tenía ganas de conocer a Riley Addison el lunes y ponerla en su sitio cara a cara. Quizá hasta le entregara en persona el informe de gastos del viaje que había hecho a Atlanta y ver cómo se le desencajaba el rostro.
Animado por ese pensamiento, continuó el recorrido y probó suerte en unos juegos. La siguiente hora pasó volando y ganó un hipopótamo rosado de peluche. No era el premio más masculino que había, pero, qué diablos. Se puso el animal bajo el brazo y continuó. Al final de la última hilera de puestos de juegos, se erguía una tienda a rayas azules y blancas. Un letrero pintado a mano ponía: «Quiromancia. Descubre los secretos de tu futuro… si te atreves. Diez minutos, 5 dólares».
