
Con la jubilación del jefe de marketing, Riley, junto con todos en su departamento, había sabido que los cambios eran inevitables. Pero había esperado que le dieran ese puesto a un empleado de la firma. Sin embargo, habían contratado a Jackson Lange. Según los rumores, éste tenía fama de ser un tiburón al que no le temblaba el pulso a la hora de cortar cabezas para llegar a la cima. También se decía que lo habían contratado porque tenía contactos en Élite Commercial Builders, una empresa que el presidente de Prestige estaba interesado en adquirir.
Desde el primer día, Lange había promovido cambios en los procedimientos que llevaban años establecidos. Había realizado exigencias perentorias y quebrado el equilibrio laboral antes cordial entre los departamentos de contabilidad y de marketing. Se había visto obligada a soportar a un hombre que, hasta el momento, le resultaba insoportable, y con cada día que pasaba la situación empeoraba.
Pero se sentía especialmente alterada porque, a pesar de lo exigente que era su trabajo, su profesión le proporcionaba la única calma en la tormenta en que se había convertido su vida personal desde que su hermana, Tara, se había ido a vivir con ella después de la muerte de su madre. En el trabajo, sabía lo que hacía. Números, declaraciones financieras, presupuestos… todo eso lo entendía. Pero lejos de la oficina, sus responsabilidades hacían que le pareciera que iba en una cuerda floja por encima de una hondonada profunda y oscura sin contar con una red de seguridad. Necesitaba un descanso, un cambio. Y lo necesitaba en ese momento.
No obstante, en ese momento tenía que ocuparse del correo de Lange, a pesar de que la semana anterior ya le había dejado bien claro que no iba a recibir ningún aumento en el presupuesto.
– Es decir, un aumento del cien por cien -musitó-. Como si no supiera lo que significa duplicar, idiota.
– Oh, oh -dijo una voz familiar desde la puerta-. Hablas contigo misma. Y muestras esa mirada asesina «Jackson Lange». ¿Es seguro entrar?
