Alzó la vista hacia Gloria Morris, directora del departamento de tecnología de la información de Prestige. Con un vestido turquesa que ceñía su figura esbelta, y un lacio cabello castaño rojizo que le acariciaba los hombros, tenía un aspecto vivaz y fresco, en absoluto la imagen que se asociaba con una especialista en informática. Era la única mujer que conocía Riley que siempre daba la impresión de acabar de salir de un exclusivo salón de belleza. A pesar de ese rasgo irritante, adoraba a su mejor amiga.

– ¿Si es seguro entrar? Depende. ¿Quieres que te suba la tensión?

– No, pero como es obvio que no te iría mal que te animaran, me arriesgaré -se sentó en el sillón negro de piel frente a Riley-. Bueno, ¿qué ha hecho hoy el Tiburón?

– Lo habitual… lanzar exigencias perentorias. Sólo que esta vez me alcanzó antes de terminar mi primera taza de café. Por desgracia, no creo que mi estado de ánimo mejore después de estudiar la hoja de cálculo que me adjunta.

– Oh, también hoja de cálculo. Tiene que ser tu día de la suerte.

– Oh, sí. Ni te lo imaginas.

Gloria ladeó la cabeza y la estudió.

– No lo creo. Pareces… cansada. Floja.

Riley suspiró.

– A pesar de lo mucho que odio reconocerlo, tienes razón. Esta mañana estuve a punto de colgar un cartel de «No Funciona» en el espejo de mi cuarto de baño -la miró con expresión de disculpa-. Lamento ser tan gruñona. En mi esfuerzo por mostrarme serena y ecuánime ante mi equipo, descargué toda mi frustración en ti.

– Para eso están las amigas. Dios sabe que yo también te doy la lata -sus ojos se mostraron traviesos-. Lo que pasa es que yo no soy tan gruñona como tú.

Riley rió.

– Yo soy Gruñona y tú eres Feliz. Sólo nos falta una manzana envenenada y un espejo mágico para tener un cuento de hadas.

– Yo preferiría un príncipe encantado.



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