– Perdone que la moleste.

Alguien se había sentado a mi lado.

– He oído su altercado con la señorita. Yo también voy a Ammán.

¿Va usted por negocios?

– No, no. Yo no voy a Ammán, voy a Damasco.

– ¿Por turismo?

Tenía un leve acento que me fue imposible localizar. Era alto, y debía de tener entre cuarenta y cincuenta años, llevaba bigote y los ojos a la fría luz de los neones parecían grises. Iba vestido con elegancia pero había algo raro en su vestimenta: los pantalones y la americana pertenecían a trajes impecables aunque levemente distintos. Es un espía, pensé, y le miré con aprensión.

Unos días antes había cenado en París con Moannes, un amigo libanés que vivía en Francia desde hacía varios años, para que me hablara de Siria. Vete con cuidado, me había dicho, todos son espías, el guía lo es, y el camarero, y el barman, y el vendedor callejero.

¿Qué van a espiar?, me pregunté entonces, y sin darle mayor importancia imaginé un elemental Circus árabe pululando sus miembros por el desierto romántico en busca de información secreta.

El caballero del aeropuerto insistió:

– ¿Va por turismo?

– En cierta manera sí.

– ¿Está en un grupo? -la pregunta que habrían de hacerme a todas horas durante el viaje los ‘maîtres’ de los hoteles, los camareros, los guías de los museos, los espontáneos que me abordaron en la calle, las nuevas amistades.

– No -respondí sin dejar de escribir-. Voy a visitar el país y a vivir en él durante unas semanas.

– Y pregunté a mi vez-: ¿Es usted sirio?

– Soy palestino y vivo en Jordania.



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