
– Habla muy bien el español.
– Mi abuela era española.
– Hubo una pausa, yo seguía escribiendo.
– Disculpe si la molesto otra vez, pero ¿no cree usted que protestar por una bobada no es la mejor forma de comenzar un viaje?
Levanté la vista hacia él que me miraba sonriente. Sí, era cierto, tenía los ojos grises. Sonreí a mi vez:
– ¿Qué es lo que le hace suponer que necesito un consejo?
– En realidad nada -respondió sin inmutarse-, pero en cambio está claro que precisa información: ha habido un error en las tarjetas de embarque, el vuelo de la Royal Jordanian no sale hasta las 13:20, llegaremos a Viena a las 15:30 de la tarde y a Ammán a las 21:40, y lo más probable es que usted no este en Damasco hasta las 12 de la noche. No es un retraso del vuelo, es que es su hora de salida, se lo aseguro. De ahí que no haya aparecido aún en la pantalla. Así que nos queda todavía más de una hora. ¿Por qué no tomamos un café?, o si lo prefiere -añadió con fingida turbación-, hágame usted el honor de dejarme que yo la invite.
Ismail Kerak no era un espía.
Más que en el café fue en el avión donde comencé a conocerle aunque viajaba en primera y yo en turista.
Embarcamos, como él había dicho, a las 12:30 y despegamos de Barajas a las 13:25, y cuando las luces se apagaron de nuevo después de una breve escala en Viena, mientras yo contemplaba de soslayo sobre el ala del avión los definidos límites y los intensos colores de los campos, amarillos, verdes y ocres, de la Europa oriental, vino a sentarse a mi lado e hicimos juntos el viaje hasta Ammán. Había nacido en Haifa, Palestina, en 1941, donde su padre había sido médico, y vivía en Jordania desde que la familia se vio obligada a abandonar el país de sus antepasados en 1949, un año después de que las potencias occidentales, dijo, regalaran su país a los sionistas y les autorizaran a constituirse en Estado en nombre de un dios que apenas es reconocido por una décima parte de la humanidad.
