
– Pero, Erith… -suplicó Bliss con sus grandes ojos verdes.
Erith tenía los mismos ojos verdes, el cabello rojo largo y la tez pálida y suave que su hermana. Erith le habló con ternura y firmeza:
– No discutas, linda… no nos quedaríamos tranquilas si te marcharas.
Así que decidieron que Erith iría a Perú. De cualquier manera, Bliss tuvo una recaída que la envió a la cama de nuevo. Pocos días después, se enteraron por Erith de que Audra estaba bien. Y más tarde, cuando Bliss ya casi terminaba su convalecencia, Erith les llamó muy emocionada para avisarles que Audra regresaría a casa y que ella también lo haría… ¡acompañada de un hombre muy especial!
La emoción que todos sintieron se tomó en regocijo cuando, un día después que Audra, Erith llegó con el guapo peruano del que estaba enamorada, Domengo de Zarmoza. Desde el principio fue obvio que Dom y Erith sólo tenía ojos para mirarse entre sí, y Bliss supo que, de no ser por su madrastra, Erith y Dom habrían invitado a toda la familia a Perú y se habrían casado sin tardanza en el país de Dom.
Sin embargo, como su madrastra, a quien todos querían mucho, tenía miedo a los aviones y como Dom estaba impaciente por casarse con Erith, se casaron tres semanas después, en la iglesia del pueblo de Ash Barton.
– Tienes que venir a vernos a Jahara -comentó Erith al abrazar a Bliss antes de regresar a Perú.
– Te tomaré la palabra -rió Bliss… pero nunca imaginó que el viaje llegaría tan pronto. Ahora, sonrió al recordar cómo, hacía dos semanas, recibió el regalo de un boleto de avión a Cuzco, vía Lima, sin fecha límite para el regreso. Cuzco era el aeropuerto más cercano a Jahara, como le señalaban Erith y Dom en la carta, y, como Bliss había estado tan enferma, le enviaban dinero para que pasara la noche en un hotel de Lima antes de proseguir con el viaje. En la carta incluyeron el nombre y debía ser muy caro, imaginó Bliss entonces, si costaba todo ese dinero tan sólo pasar una noche allí.
