
¡Maldito hombre!, se enfureció, pero continuó su camino como si al verlo comiendo no la hubiera molestado en absoluto.
– Buenos días -lo saludo con cortesía al detenerse en una mesa bastante alejada de la de él.
– Buenos días señorita -contestó con una ligera inclinación de la cabeza y Bliss lo odió aún más cuando le pareció ver, antes de sentarse, que una expresión de alivio cruzaba por su rostro al ver que ella no se sentaría a la misma mesa que él.
Arrogante, pensó Bliss. Una comida en compañía de ese tipo era más que suficiente.
Se dio cuenta de que hacía unos minutos había estado de muy buen humor y que ahora estaba algo deprimida. Bebió un sorbo del café que un atento camarero ya le había servido, y trató de recuperar su estado de ánimo anterior.
No dejaría que Quin Quintero la irritara. Él no era nada de ella, ¿por qué habría de perturbarla entonces? Estaba más que feliz de que él prefiriera desayunar a solas.
Su enojo disminuyó un poco al recordar cómo, la noche anterior, él reveló que una mujer llamada Paloma Oreja lo rechazó. Tal vez quería que su Paloma compartiera su mesa, pensó Bliss, y luego dejó de buscar pretextos para ese hombre.
Era un bruto. Él no había sentido alivio cuando Bliss se sentó en otra mesa por estar pensando en su amor perdido, sino porque ya consideraba que su deber para con ella estaba cumplido al haberla llevado a cenar la víspera, como se lo prometió a Dom.
Bliss desechó a Quin Quintero de sus pensamientos. Sin embargo, descubrió que no tenía apetito.
Después de terminar su café, ya no tuvo motivos para seguir en el restaurante. Sin mirar por encima de su hombro, pues asumió que él estaría comiendo o leyendo el periódico, se levantó y salió sin prisa del comedor.
Se dirigió al área de información de la recepción.
