
Bliss no estuvo muy segura de qué fue lo que ordenó, pero el plato de arroz con frijoles y cebolla estuvo muy sabroso. Al terminar de comer se dio cuenta de que ese era su último día en Lima y debía decidir qué era lo que no quería dejar de ver.
Pasó el resto de la tarde en la catedral, y de allí fue a una galería de arte. Regresó al hotel, cansada pero feliz. Aún no sabía si ir a cenar o no y se percató de que todavía estaba preocupada por volverse a topar con él.
“Santo Dios”, se regañó, “¿por qué tengo que preocuparme por algo semejante?”. En media hora se bañó, se puso su vestido rojo y bajó al restaurante.
Esa noche, no vio a Quin Quintero y regresó a su habitación preguntándose por qué, después de un día tan interesante, estaba un poco deprimida.
Hizo su equipaje y se percató de que tal vez estaba más cansada de lo que creía. Supuso que, o Quin Quintero ya no estaba en él hotel, o bien acudía a una cita esa noche.
Bliss fue a desayunar a la hora acostumbrada al día siguiente pero el único “Buenos días, señorita” que recibió fue el del camarero.
– Buenos días -contestó y se dio cuenta de que Quin Quintero ya no estaba hospedado en el hotel y de que ya no lo volvería a ver.
O eso pensó. Fue al aeropuerto, registró su enorme maleta y, después de esperar un poco, fue al avión a tomar su asiento. ¿Y a quién vio caminando por el pasillo para acercar a ella? ¡A Quin Quintero!
No estaba segura de que su boca no estaba abierta por la sorpresa. Y su asombro aumentó aún más cuando Quin Quintero se detuvo ante el asiento que estaba junto al de ella.
– Buenos días -saludó él con frialdad al poner su portafolios en el compartimento superior.
– Buenos días -imitó su tono y se dio cuenta de que Quin Quintero no mostraba sorpresa por verla en el mismo avión que él, puesto que era natural que Bliss viajara en sus vacaciones. Sin embargo, cuando él se sentó y se abrochó el cinturón de seguridad, Bliss no supo si alegrarse de viajar con alguien conocido o si le molestaría estar en su compañía hasta llegar a Cuzco.
