
Una vez más confirmó que no quería que “la pareja de recién casados”, como lo dijo Quin, tuviera otras cosas de qué preocuparse que no fueran ellos dos.
Siguió pensando en ello durante el resto del vuelo. Tanto así que, cuando el avión aterrizó en Cuzco, estaba tentada a pedirle a Quin Quintero que si por casualidad tenía que llamar a Dom, no le avisara que ella estaba en Cuzco.
No obstante, cuando ese hombre se puso de pie para dejarla pasar primero y la miró con sarcasmo, decidió que no lo haría.
– Gracias -dijo tan sólo. Caminó por el pasillo y se percató de que ese era un hombre que solía hacer lo que le venía en gana de todas maneras. Era una pérdida de tiempo tratar de hacerle entender que su hermosa y protectora hermana debía tener la libertad de disfrutar del amor de su esposo y no preocuparse más que por él y ella, por una vez.
Bliss esperó la llegada de su equipaje. Quin Quintero estaba a cierta distancia de ella… algo positivo.
La joven tomó su gran maleta y estaba practicando mentalmente cómo pedir un taxi, una frase que aparecía en un pequeño diccionario; bilingüe, cuando sintió que otra persona tomaba su maleta.
– Es una maleta demasiado pesada para una mujer tan delgada, señorita -anuncié una voz que Bliss ya estaba empezando a reconocer de inmediato-. No le importa, ¿verdad? -Quin tomó su portafolios y su propia maleta y se dirigió a la salida.
Para cuando Bliss lo alcanzó, él ya había encontrado un taxi sin problema. La furia de la chica no conoció límites cuando vio que su maleta y la de él estaban en el portaequipaje del auto.
– ¿Qué está haciendo? -preguntó, acalorada, cuando Quin se volvió a verla.
– ¿En qué hotel está reservada su habitación?
– Todavía no tengo reservación -se dio cuenta de que el chofer del taxi ya quería marcharse. Así que, por consideración al hombre para quien el tiempo era dinero, se metió en el interior cuando Quin le abrió la puerta de los pasajeros-. ¿Qué cree que está haciendo? -insistió Bliss con nuevo enfado tan pronto como el taxi se puso en marcha.
