– Por nuestra charla en el avión, entiendo que tiene intenciones de permanecer en un hotel mientras está en Cuzco, para no entrometerse en la luna de miel de su hermana -comentó Quintero-. Como ahora usted me ha aclarado que no sabe a qué hotel ir, me siento con la necesidad de asegurarme, por el bien de su cuñado, de que permanezca en un hotel decente.

– ¡Usted no necesita asegurarse de nada! -exclamó Bliss-. Soy muy capaz de cuidarme y…

– ¡Usted ha estado enferma! -la interrumpió él.

Bliss, quien sentía deseos de lanzar un alarido si volvía a oír otro comentario acerca de su pulmonía, se percató de que el taxista los observaba por el espejo retrovisor. Aunque quizá no supiera inglés, era obvio que se daba cuenta de que estaban discutiendo.

– Ya estoy mejor -susurró con los dientes apretados-. No necesito de una nana -empezó a acalorarse más-. Ni…

– Qué bueno -la interrumpió-. No tengo intenciones de serlo para usted.

– Entonces ¿por qué…?

– No obstante, en vista de que me une una amistad muy grande con su cuñado -la ignoró-, y en vista de que, quiera usted o no, estuvo seriamente enferma hace poco, no puedo permitir que arrastre su maleta por todas partes mientras busca en dónde quedarse -fijó la vista en ella-. Ya está usted muy ruborizada ahora.

Cuando alargó una mano para tocarle la frente y averiguar si no tenía fiebre, Bliss ya no pudo pensar en nada. Toda su piel empezó a cosquillear al sentir el roce inesperado de esos dedos. Le costó mucho trabajo recobrar la compostura. Le apartó la mano y fijó la vista en el exterior, aunque por una vez no pudo admirar nada. Pensó que si de veras estaba ruborizada, era por estar furiosa con Quin Quintero.



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