
El tren se vació con rapidez y Bliss se alegró de estar con Quin, un hombre que conocía su país. En unos momentos, estaban ya en el interior de un taxi y se dirigían al hotel con rapidez.
Bliss esperó con Quin en la recepción a que les dieran las llaves de las habitaciones. Después, lo siguió a los ascensores.
– No es necesario preguntarte si disfrutaste del día -comentó él mientras esperaban un ascensor.
– Machu Picchu es un sueño hecho realidad -sonrió Bliss. Entraron en el ascensor y Quin apretó el botón del piso donde los dos estaban hospedados. De pronto, en el espacio reducido del ascensor, a la chica la invadió una timidez ridícula.
Hacía años que no sentía inhibición por nada y se preguntó que demonios le pasaba, cuando llegaron a su destino.
Salió con la esperanza de que en el espacio amplio del corredor, su ridícula vergüenza desapareciera. Sin embargo no fue así. Quin se detuvo al llegar a la habitación de Bliss y la miró.
– ¿Quieres que nos encontremos en el restaurante en quince minutos? -sugirió.
Bliss no pudo hallar las palabras para aceptar la amable invitación.
– No… tengo hambre -le dijo. Sin ni siquiera desearle buenas noches, lo cual le parecía muy poco cortés, se alejó de él con rapidez y entró en su habitación.
Media hora después, se acostó, segura de que no tenía nada de apetito, pero pensando que habría sido muy agradable pasar media hora con él en el comedor del hotel. Además, habría podido comer aunque fuera algo ligero.
Apagó la luz y decidió que si dormía temprano recuperaría su fuerza y al día siguiente podría visitar Ollantaytambo.
Desde que estaba en Perú, se acostaba siempre pensando en lo que haría al día siguiente, y fue raro que ahora pensara en algo totalmente distinto.
Machu Picchu era maravilloso. Quin fue un compañero de lo más agradable y, haciendo cuentas, Bliss decidió que ese había sido uno de los mejores días de su vida.
