
Bliss trató de olvidarse de Quin y de su ex novia. No quería pensar en ellos. No era algo que la hiciera sentirse bien… de hecho, la irritaba pensar en Quin y en su amor.
Sin motivo a empezó a recordar la forma en que Quin la abrazó en Machu Picchu. De nuevo cerró los ojos. Fue muy amable por parte de él dejarla descansar, apoyada en su pecho, hasta que se le pasó ese ataque de tos. Muy amable…
Bliss se movió, estiró una mano y tocó algo sólido.
– ¿Dormiste bien? -inquirió una voz suave cerca de su oído. Con brusquedad, la chica despertó del todo.
– Lo siento mucho -se disculpó al descubrir que había descansado con la cabeza apoyada sobre el hombro de Quin. Se sentó muy derecha al instante.
– Cuando quieras, hazlo -estaba tan relajado que Bliss tuvo que sonreír-. Estabas exhausta -la disculpó con naturalidad-. ¿Cómo te sientes ahora?
Bliss consultó su reloj a modo de respuesta. Eran diez para las ocho.
– ¿Acaso hace dos horas que estoy dormida? -estaba muy avergonzada por haberlo mantenido inmovilizado en su asiento.
– ¿Sabes que roncas?
– No es cierto.
– Es verdad, no roncas -contestó y Bliss se dio cuenta de que estaba bromeando. Miró por la ventana y se percató de que estaban cruzando un pueblo. Entonces se dio cuenta de que, además de que le encantaban las bromas de Quin, también le encantaba su país. Al igual que a su hermana, Perú la había hechizado y ahora estaba enamorada de éste.
Pensó que tendrían que bajar del tren en Ollantaytambo y de allí proseguir la ruta en autobús, como lo hicieron en el viaje de ida. Sin embargo, ya eran las nueve de la noche y el tren siguió hasta Cuzco, después de imprimir más potencia para subir una pendiente pronunciada.
