Bliss tuvo deseos de levantarse y de acercarse a ese cerdo arrogante, para preguntarle quién demonios creía que era para mirarla con desdén. Sin embargo, por el rabillo del ojo descubrió que ese hombre se sentaba bastante lejos, así que decidió que no se rebajaría de ese modo. En vez de eso, siguió charlando con el señor Videla y le preguntó cómo estaba su hijo, un niño de tres años que había sido operado del oído en Lima.

– Está sanando bien, pero hoy lloró mucho -sonrió el señor Videla.

– Lo lamento.

– Manco quiere ir a casa, pero es imposible y le está haciendo la vida difícil a su madre -confesó-. Y esa es razón por la que mi esposa no… puede ni quiere aparecerse hoy en el restaurante.

– ¿Ella también ha estado llorando? -adivinó Bliss, compasiva.

– Mi esposa es muy valiente -comentó el señor Videla con orgullo-. No fue sino hasta que dejamos a Manco en el hospital que mostró que estaba destrozada… ha estado llorando desde que lo dejamos hasta hace media hora. Ahora está dormida.

Bliss mostró simpatía genuina por el niño y esa pareja. Mientras ordenaban la cena, charlaron acerca de varias cosas. Cuando terminaron de cenar, se dispusieron a levantarse al mismo tiempo.

A Bliss le agradó mucho tener la compañía del señor Videla, así que sonrió al tomar su bolso. Sin embargo, su sonrisa desapareció al ver los ojos gris acero del hombre que la había mirado con desdén antes. A pesar de que éste estaba del otro lado de la habitación, Bliss sé dio cuenta de que su expresión era igual de fría. Era obvio que pensaba que, ahora que ya había cenado con un hombre a quien nunca antes había visto, Bliss estaba a punto de acostarse con él. “Bueno, pues que piense lo que quiera”, se dijo la chica con enojo. Tomó su bolso y, junto con el señor Videla, salió del restaurante.

Al llegar a los ascensores, se despidió del señor Videla y subió a su habitación. Pronto se olvidó de él y del desconocido de los ojos grises, al pensar en lo que había planeado para el día siguiente.



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