
Bliss despertó temprano a la mañana siguiente, pues quería visitar la tumba Real Mochica, de mil quinientos años de antigüedad, recientemente descubierta. Estaba a unos seiscientos kilómetros de Lima y se decía que tenía más oro que la tumba de Tutankamón. Bliss tomó un avión para llegar allá, aunque sabía que bastantes piezas de oro estaban en Alemania para ser restauradas. Sin embargo, tenía la esperanza de ver algo interesante. Al bajar del avión, tomó un auto para recorrer el trayecto más pesado al sitio arqueológico de Moche. Además, cerca, en Lambayeque, podría ver las reliquias de la tumba del Señor de Sipán.
Todas las personas con quienes Bliss se encontró ese día fueron muy amables. Después de pasar tanto tiempo en las ruinas, que se extendían a lo largo de dos acres, Bliss casi perdió el avión de regreso. Llegó a Lima con los ojos brillantes por la alegría y la emoción.
Todavía estaba contenta cuando se puso un vestido rojo que hacía resaltar su cabellera, y bajó a cenar.
Por primera vez, con tantas maravillas en su mente, extrañó la compañía de alguien con quien charlar. Le habría encantado discutir el descubrimiento de la tumba del sacerdote guerrero con alguien a quien también le apasionara la arqueología.
Pero no hubo nadie, ni siquiera el señor Videla. Ni siquiera él… el hombre de los ojos de color gris acero. ¡Claro que ella jamás querría charlar con él!
Conteniendo el impulso de llamar por teléfono a su hermana, Bliss terminó su solitaria cena y pensó que tal vez los Videla ya no estarían en el hotel. Quizá, con suerte, él tampoco estaría ya. Sin embargo, la prueba de que los Videla seguían hospedados allí apareció cuando Bliss se encontró con el señor Videla y su esposa en la recepción del hotel.
– Hola -los saludó con una sonrisa y, al verlos tan contentos, se aventuró a añadir-: Parecen estar alegres.
