
– No, propongo que veamos a Zargarián -continuó Galia-. ¿Quién es Zargarián? ¿Qué estudia? ¿Tiene relación con Nikodímov? Y si tiene, entonces, ¿en cuáles ramas del conocimiento? -se decía, y dirigiéndose a mí preguntó-: ¿Has oído alguna vez esos apellidos?
– Nunca.
– ¿Y no los leíste en algún lugar y los olvidaste?
– Ni los leí ni los olvidé.
– He ahí lo más interesante de tu historia de sonámbulo. Es física, querido mío, física. Este es el Instituto de los Nuevos Problemas Físicos. -Y subrayó-: nuevos. Olga, llama a Zoia y pregúntale sobre Zargarián. Ella conoce a todos.
Resolvimos llamarla al otro día por la mañana.
HOJA DE LA LIBRETA DE NOTAS
Me dormí en el acto, hasta la mañana siguiente.
Mis sueños son el rasgo característico que me diferencia de otros mortales. A aquella pregunta de Galia de si veía los sueños como antes, la podría contestar así: sí, los veo, se repiten impertinentemente, invariables por su contenido y extrañamente parecidos a fragmentos de noticiario.
Como es natural, tengo también sueños corrientes donde todo es confuso y vago, y en los cuales las imágenes aparecen deformadas, desfiguradas como en un espejo oblicuo. Estos sueños nos dan recuerdos inestables y efímeros, difíciles de representar y grabar.
Pero los sueños de los cuales hablo, se recuerdan toda la vida. Los podría describir con tanta precisión como el mobiliario de mi habitación. Son siempre multicolores, con los tintes reales y armónicos de la naturaleza. Así como en la realidad, florece la pradera primaveral que surge entre las sombras de la noche, fulgura el traje de indiana de una muchacha en el soleado sueño, haciendo recordar hasta sus dibujos. En estos sueños, no ocurre nada original; no inquietan ni asustan; pero ocultan algo inefable, como si sus componentes fuesen partículas de una vida ajena mirada por casualidad.
