– Mi Hide buscaba asilo -afirmé riendo-, porque no podía alojarse en hotel alguno sin documentos.

– Es esto precisamente lo que no me gusta. La hipótesis sobre Hide lo aclara todo; pero prefiero la ciencia a la fantasía. A pesar de que… aquí sólo hay fantasía. ¿Y por qué le rogaste a Lena que te invitara a mi casa, si no sabías que ella vivía conmigo?

– No lo sé. Hace diez años vi a Lena por última vez. Ni sé cómo es ahora.

Lo que relató Galia de mi conducta con Lena me sorprendió sobremanera, pues, en realidad, no tenía ninguna clase de relaciones con ella desde hacía diez años. Posiblemente, habíamos olvidado mutuamente que existíamos.

– ¿Es ésa la mujer de su pasión? -preguntó Olga.

– Escucha. Antes de la guerra, estudiábamos juntos en la escuela -empezó a relatar Galia-, y nos preparábamos para ingresar en la facultad de medicina; pero no sucedió como queríamos, porque al estallar la guerra, Seriozha y Oleg marcharon al frente, en tanto que yo decidí ingresar en la facultad de física. Tan sólo Lena estudió medicina. Si no me equivoco, estaba enamorada de ti.

– De Oleg, repliqué.

– Todas las muchachas querían atraparlo -afirmó Galia suspirando-; pero no lo lograron. Sólo yo lo conquisté; sin embargo, fui más desdichada que ellas, porque tras conquistarlo lo perdí. -Y levantándose agregó-: ¡Que reine la paz! Me voy. El consejo de detectives levanta la sesión. Sherlock Holmes propone una excursión a los campos de la física.

– De la psiquis, querrás decir.

– No, exactamente de la física. Sería interesante hablar con Nikodímov y Zargarián y saber qué hacen en el Instituto de los Nuevos Problemas Físicos.

– Pero, ¿para qué? -inquirió Olga asombrada-. Sería mejor recurrir a un psiquiatra. Así se aclararía todo.



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