
"Disparates. Todo está como antes; justamente como antes".
"No, no está como antes" pensó otro en mí. ¿Otro?
Yo discutía conmigo mismo, como si me hubiese dualizado, y la discusión fuera un diálogo de dos "yo" completamente distintos y hasta opuestos. El pensamiento que surgía en mi mente era, en el acto, refutado por otro que se entrometía, o que inculcaba alguien, y que aparecía con agresividad y violencia. "Este es el mismo banco".
"No, no lo es. En el bulevar Pushkin son verdes y no amarillos."
"Estos son los mismos caminos."
"No, éstos son más estrechos. Además, ¿dónde están las orlas de granito?"
"¿Qué orlas?"
"¿Y dónde está el campito?"
"¿Qué campito?"
"El de la cancha. Aquí había una cancha de tenis."
"¿Dónde?"
Y volvía en mí, lleno de inquietud: el desdoblamiento desapareció. Me di cuenta que estaba en un mundo completamente distinto del mío.
Cuando uno camina por una calle donde todo es conocido y familiar, no le prestamos atención a los detalles o a las menudencias; pero basta con que desaparezcan para que se apoderen de uno la perplejidad y alarma.
El paisaje era parecido pero no igual a aquel que había conocido durante mis continuos paseos. Los árboles parecía que habían crecido con otras formas; los arbustos eran muy diferentes a los que había visto antes; y hasta al bulevar lo llamaba yo, sin saber por qué, Pushkin y no Tverskói.
Levanté mi brazo para ver la hora y… demonios… tenía un saco completamente diferente del que me había puesto a la mañana; es más: no era mío. Miré el reloj. También era otro, y por debajo de su pulsera se extendía una cicatriz, que no existía unos minutos antes. Sin embargo, ésta era una cicatriz arraigada, de hace muchos años, huella de una bala o de un casco de metralla. Bajé la vista. Tenía en mis pies unos zapatos extraños con unas ridículas, hebillas en los costados.
