"¿Y si mi fisonomía es otra, así como mi edad; y si, en general, yo… no soy yo?" me pregunté.

Pegué un salto y corrí por el sendero hacia el teatro. Este estaba en el mismo sitio; pero era otro, con otra salida y otras carteleras, en cuya lista de espectáculos no veía un solo título conocido. Reconocía tan sólo el rostro que se reflejaba en los vidrios oscuros -por carecer de luz desde adentro- de las puertas. Este era mi rostro. Hasta ahora, lo único que me pertenecía en este mundo.

Me di cuenta que me dolía la cabeza. Me masajeé las sienes, pero el dolor no se atenuó. Recordé la farmacia ubicada en un lugar cercano, posiblemente, en la plaza. Quizás había quedado "intacta". La plaza se divisaba ya, a lo lejos, invadida por el centelleo de los automóviles. Yo caminaba apresuradamente, mirando con inquietud y perplejidad. No recordaba exactamente cómo eran las casas en el bulevar Pushkin; sin embargo, éstas no me parecían diferentes, tan sólo carecían de los habituales faroles sobre las puertas; además, sus números indicadores eran otros.

En la salida de la plaza, adonde afluía el río verde del bulevar, quedé estupefacto: estaba desierta, no se veía la estatua de Pushkin. Por un instante, mi corazón se detuvo. La desnuda calva pétrea, sustituto de la estatua, no inquietaba, sino que aterrorizaba. Cerré los ojos, esperanzado en la desaparición de este espejismo y, en ese instante, alguien que pasaba por mi lado me empujó, quizás sin querer, tan fuerte, que involuntariamente di una vuelta sobre mis tacones. Y… mi alucinación desapareció; allí estaba Pushkin, en lo profundo de la plaza, meditabundo y austero, con su abrigo puesto descuidadamente sobre los hombros: querida imagen de mi infancia.



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