– Después que le relate todo, comprenderá que no hace falta responder a su pregunta.

– ¿Sabe usted algo acerca de mí?

– Antes de la tarde de ayer, no tenía idea de su existencia.

– ¿Y qué fue realmente lo que sucedió ayer por la tarde?

– Estoy sinceramente satisfecho de que comencemos por ahí -le dije resueltamente-. No vine porque me inquieten los sueños, ni porque usted sea especialista en sueños, como lo considera Zoia, la que trabaja en el Instituto de Informaciones, sino por otros motivos. A propósito, no trabajo en el instituto, soy periodista -aquí noté una mueca de disgusto en su rostro-. Quiero señalarle que no vine por una interviú, pues no me interesa su trabajo; más bien, no me interesaba. Le repito que, antes de la tarde de ayer, no había oído su nombre; no obstante, lo escribí en mi libreta de apuntes en estado de inconsciencia…

– ¿Qué quiere usted decir con "estado de inconsciencia"? -interrumpió.

– Quizás no lo defino bien. Yo estaba consciente; pero no recuerdo nada de lo que hablé, ni de lo que hice. Yo, sencillamente, no existía, en mi lugar actuaba algún otro; y justamente ese otro fue quien escribió esto en mi libreta.

Abrí la libreta y se la entregué a Zargarián. El leyó lo escrito y, mirándome de soslayo, inquirió:

– ¿Por qué lo escribieron dos veces?

– La segunda vez lo escribí yo, para comparar la letra. Como puede notar, la primera nota no la hice yo, o sea, no es mi letra. Por lo demás, no es la letra ni de un sonámbulo, ni de un lunático, ni de uno que haya perdido la memoria.

– ¿Su esposa vive en la calle Griboédov?

– No. Mi esposa vive conmigo en la avenida Kutúzov. Además, en la Griboédov no hay ninguna casa con ese número, y la mujer que ahí se menciona no es mi esposa; sino una amiga, una compañera de estudio, que a su vez, no vive tampoco en esa calle.



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