
– A Zargarián. Después de contarle un sueño terrible que tuve, él, con gran interés, me obligó a repetir partes de lo relatado, haciéndome preguntas sobre los detalles más ínfimos e insignificantes. Pero, ¡en qué detalles podía yo pensar tras un sueño tan espantoso! Luego, él me pidió que lo visitara todas las semanas para relatarle mis sueños. Según él, son muy necesarios para su trabajo. Pero yo, ¿comprendes? No soy ninguna tonta, sé qué trabajo es ése.
– Zoia, ruégale que me reciba -le dije suplicante.
– ¡¿Qué dices?! -exclamó-. No soporta a los reporteros.
– No le digas que soy periodista. Dile, simplemente, que quiere verlo un individuo cuyos sueños son rarísimos, que se repiten todos los años como si estuviesen grabados en una cinta. Inténtalo, Zoia. Si no resulta, lo intentaré yo.
Colgué el auricular y esperé. Antes de diez minutos Zoia me llamó, agitada:
– ¡Resultó! Te recibirá hoy, después de las nueve. No te atrases -dijo hablando de prisa como si estuviera en la clase de su instituto-. Le gustó tanto lo que informé sobre tus sueños, que sin esperar ni un segundo, empezó a preguntarme sobre el grado de precisión, retención, etc. Yo le contesté que tú mismo le relatarías todo. Además, le dije que trabajas con nosotros, así que no me hagas quedar mal.
LA LLAVE
Zargarián vivía en Yugo-Zapad, en un edificio moderno. Entré. El propio Zargarián abrió la puerta invitándome a entrar, y, en silencio, pasamos a su gabinete. Era alto, ágil, moreno y llevaba el pelo corto. Su aspecto tenía cierta similitud con los héroes del neorrealismo italiano. No parecía mayor de treinta años.
– Permítame que le pregunte -empezó diciendo, atravesándome con sus severos ojos-, ¿qué lo trae por acá? Sí, sí, comprendo: sueños extraños, etc., etc… Pero, ¿por qué le era necesaria justamente mi consulta?
