– Cuénteme ahora sobre sus sueños, porque considero que todo tiene cierta relación.

Le conté mis sueños. Ahora, sus ojos me miraban con evidente interés.

– Quiere decir que una vida ajena, ¿eh? Una calle, un camino que se desliza hacia un río, una galería comercial… Y todo esto surge con precisión, como en una fotografía. -Hablaba lentamente, sopesando cada palabra, como si razonara en voz alta-: ¿Y lo recuerda todo? ¿Claramente? ¿Con todos sus detalles?

– Sí, hasta los mosaicos del suelo.

– ¿Y lo conoce todo, hasta las cosas más menudas?

– Sí.

– ¿Y le parecía que había estado allí cientos de veces y que hasta posiblemente había vivido allí; a pesar de que, en realidad, no ha sucedido tal cosa?

– A pesar de que, en realidad, no ha sucedido tal cosa -repetí.

– ¿Y qué dicen los médicos? Ellos seguramente le habrán aconsejado -dijo, con cierta picardía.

– ¿Y qué es lo que pueden decir? -repuse, eludiendo la respuesta-: Excitación… inhibición. Eso lo sabe cualquiera: de día, la corteza cerebral se encuentra en estado de excitación; de noche, en estado de inhibición: y los sueños nacen del montaje de las impresiones del día…

Fui interrumpido por la carcajada de Zargarián:

– Un montaje de atracciones, igual que en el circo, ¡ja, ja, ja!

– ¡Pero si yo no creo en eso! -exclamé rabioso-. ¡Si yo recuerdo todos los detalles, desde las hojas de los árboles hasta el clavo de una ventana. ¡Y los sueños se repiten como si fuesen una misma película! Cada semana vuelvo a ver algo ya visto. Se dice que en los sueños se ve sólo aquello que se vio en la realidad. Entonces, ¿a mí qué me pasa?

– Sobre lo que acaba de afirmar escribió Séchenov. Él, después de interrogar a un grupo de ciegos, comprobó que soñaban solamente con aquello que vieron en su estado vidente.

– ¡Pero si yo no he visto nunca nada de eso! -exclamé-: ¡Ni en la vida, ni en el cine ni en los cuadros! ¡En ninguna parte! ¿Comprende? ¡En ninguna parte!



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