– ¿Y si lo ha visto? -preguntó riendo maliciosamente.

– Pero, ¿dónde? -le grité.

No respondió. Tras tomar en silencio un cigarrillo y darle dos chupadas, me dijo en tono de excusa:

– Perdóneme, olvidé invitarlo. ¿No fuma?

– Todavía no me ha respondido -repuse intrigado.

– Responderé a su debido tiempo. Tendremos conversaciones interesantes y extensas. No se imagina qué grandes descubrimientos haremos con este encuentro. Los científicos esperaban este minuto desde hacía años. ¡Soy un hombre feliz, sólo esperé cuatro años! -exclamó, y agregó preguntando-: ¿Está usted libre? ¿Me podría regalar un par de horas más?

– Con mucho gusto -contesté desconcertado, sin comprender nada.

Su brusca transformación, su excitado y palpable interés, me turbaron. ¿Qué tenía de raro mi relato? ¿Tendría Galia razón al decirme que aquí estaba la llave de lo sucedido?

En tanto que estos pensamientos me daban vueltas por el cerebro, Zargarián se esforzaba en comunicarse con alguien por teléfono.

– ¿Pável Nikítich? Soy yo, Zargarián. ¿Te quedarás en el instituto por mucho tiempo? Maravilloso. Ahora mismo te llevaré a un compañero. Sí, está aquí conmigo. ¿Que quién es? Ni te lo imaginarías. Es aquél con quien soñábamos durante todos estos años. Con lo que me contó, se corroboran todas nuestras conjeturas. ¡Todas! Difícil es figurárselo. La cabeza me da vueltas. No, no estoy borracho; pero pronto lo estaré. Por ahora vamos para allá. Espéranos.

Colocó el auricular y se volvió hacia mí:

– ¿Sabe usted lo que representa un refractor para un astrónomo? ¿O un microscopio electrónico para un virólogo? Eso mismo es usted para mí. Más bien, para nosotros, para Nikodímov y para mí. Le haré a Zoia un regalo suntuoso, pues ella me regaló a usted. ¡Vamos!

Me quedé sentado sin comprender nada:

– Espero que usted no me inyecte, ni me opere -balbuceé, como el paciente frente al cirujano-: ¿No me va doler?



29 из 130