Tomé uno en mis manos: era una obra de Sorojtin dedicada a la atonía de los centros nerviosos. A su lado se encontraban folletos y libros en diferentes lenguas. Según pude notar, todos informaban sobre la irradiación de la excitación e inhibición. En otro estante mis ojos chocaron con un libro del propio Nikodímov. Había sido editado en Inglaterra y llevaba como título: Los principios de la codificación de los impulsos distribuidos en la cabeza y en la región cortical del cerebro. Y, nunca como ahora, lamenté tanto la insuficiente preparación de los periodistas, incapaces de comprender, aún aproximadamente, los grandes procesos que se desarrollan en las ciencias.

En este instante, la pared se corrió y, a través de la rendija, llegó la voz de Zargarián:

– ¡Serguéi Nikoláevich! ¡Por favor, pase!

La habitación en la cual entré era un laboratorio de fulgurante acero inoxidable y níquel. Cuando mi mirada empezaba a buscar objetos, Zargarián, activo e impaciente, me presentó a un individuo maduro de barbita castaño y plata a lo mosquetero. Los cabellos, del mismo color, excedían del largo normal en nuestros científicos, dándole cierto parecido a un profesor de violín o de piano. Tan sólo por su encorvada nariz podía confundírsele con un pájaro de mal agüero; sin embargo, este rasgo me hizo recordar más bien al Fausto de Goethe, tal como lo vi hace años en un espectáculo de provincia.

– Mucho gusto, soy Nikodímov -me dijo y sonrió al atrapar mi mirada escudriñadora hacia todos los lados-. No mire tanto, de todas maneras no comprenderá nada. Además, aquí no hay nada interesante, sólo condensadores y conmutadores. Esto que ve aquí, es una pantalla para fijar los campos; naturalmente, en sus diferentes fases. Podrá notar que esto es un embrollo de enchufes, palancas y manivelas. Tal como en Maiakovski, ¿no es así?

Miré de soslayo el sillón situado tras la pantalla, sobre el que pendía algo parecido al casco de un cosmonauta y hacia el cual convergían cables multicolores.



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