
Zargarián, empujándome a un sillón, aconsejó:
– Abúrrase durante diez minutos, mientras hablo con Nikodímov. Así evitará repetirlo todo de nuevo, y, al mismo tiempo, me dará la oportunidad de contárselo a Nikodímov de un modo más profesional.
Se acercó a la pared; ésta se dividió por el medio dejándolo pasar y se cerró. "Células fotoeléctricas" -pensé-. A mi entender, la instalación del instituto llenaba las exigencias actuales relativas al confort científico. Kliónov se extasiaría con sólo la descripción de uno de estos corredores; no en vano me prometió toda clase de ayuda; "pon mi espíritu y mi cuerpo".
En la habitación donde esperaba a Zargarián, no había nada que llamase la atención, a excepción de las paredes corredizas. En ella veíanse una mesa de escribir moderna con patas niqueladas, con tapa de plexiglás; una caja fuerte abierta incrustada en la pared semejante a un horno eléctrico; una luz de origen desconocido; y un diván esponjoso. "Aquí pasan la noche cuando se retrasan" -me dije-. A lo largo de la pared se amontonaban las pilas de cintas amarillas y semitransparentes, en las que se notaban líneas gruesas y dentadas, como en los cardiogramas. El suelo plástico y de color le daba a la habitación una elegancia superflua; y los estantes hechos del mismo plástico, abarrotados de libros y diagramas, le devolvían su seriedad y austeridad perdidas. En un diagrama de la corteza policromada del cerebro salían flechas metálicas terminadas con inscripciones en latín y griego. Otro diagrama mostraba simplemente un haz de líneas metálicas incomprensibles, donde se leía: "Corriente biológica de un cerebro durmiente". Adjunto a él, había una hoja de papel escrita a máquina con el texto: "Duración y profundidad de los sueños. Investigación realizada en el laboratorio de la Universidad de Chicago".
Los libros de los estantes estaban en desorden, amontonados unos sobre otros en anaqueles movibles. "Por lo visto los utilizan mucho" pensé.
