
Y ahora me hastiaba esta muestra de vanidosa estulticia patriotera con la que era asaltada de nuevo mi inteligencia. Me irritaba que tuviera que provenir de los delirios megalómanos de un mariscal de Francia. Todos iguales: los generalotes de allá y los mariscalotes de acá. Y eso que Francia siempre me había parecido una sociedad un punto más razonable que la mía original. Pues no señor. La angustia de la situación, la odiosa esperanza que engendraba su misma miseria, no hacían más que demostrar que en este final de la paz europea y en el comienzo de la nueva guerra, las naciones acabarían como siempre, igualándose en el barrizal. Aquí no había sociedades más inteligentes o más civilizadas. Todos éramos equiparables por el rasero más bajo.
Había oído, como muchos en Vichy, aunque la cosa me inspirara menos optimismo que a la mayoría, que las hostilidades apenas durarían unas semanas más y que la situación acabaría resolviéndose en lo más natural: la pronta, inevitable y limpia victoria de los más fuertes, al lado de quienes, por evidentes razones, convenía estar. Claro, desde luego. Seguro que sí. ¿Pero es que nadie había aprendido nada? Les daría yo la batalla del Ebro y las purgas del partido comunista y los fusilamientos de Franco para que fueran enterándose todos de lo que se les venía encima.
A Philippe Pétain, el héroe de Verdún, salvador de Francia en 1918, se le había ocurrido asegurar a sus cornpatriotas veinte años después de aquella guerra insufrible que la nueva catástrofe se evitaría sin necesidad de que ellos se lanzaran a pelear una vez más contra el invasor. Para esa tarea sublime él se bastaba y sobraba: llegada la hora del sacrificio, hacía donación de su persona a Francia para así atenuar la infelicidad de la patria. «Seguro que, encima, este imbécil se lo cree a pies juntiñas», mascullé para mis adentros. Sorprendido de mi osadía, levanté la cabeza para asegurarme de que no me había podido oír ningún paseante cercano.
