
Puede que fuera el único, pero es que yo lo había visto todo. La entrada de los facciosos en Madrid (a distancia, claro, porque no me había movido de París) y la de las tropas alemanas en Vichy hacía bien pocos días, el Frente Popular aquí y allá, las soflamas incendiarias del niño Primo de Rivera y las del
Je suis partout, el mesianismo de los generales, los trotskistas, dios mío los trotskistas cuánta lata dieron, la familia, la patria, las huelgas, los disturbios, la regeneración nacional, la masonería, la judería internacional, el comunismo, el anticomunismo, la estupidez, las bandas de matones de la extrema derecha, la ingenuidad de los líderes, su actitud pusilánime, la crueldad irreflexiva de los combatientes. Todo. Llevaba yo medio siglo, si se incluye mi infancia, padeciendo las tonterías del prójimo e intentando rehuirlas y me parecía una fatalidad, una cuestión de verdadera mala suerte, esta persecución a la que me sometían la estupidez humana y esta incapacidad mía para librarme de ella por más leguas que pusiera de por medio. Roma primero
y, después, Viena y Buenos Aires y Madrid. Francia ahora. Y eso que, viendo la incomodidad extrema que se nos venía encima en España a partir de 1934, había aprovechado mi estancia de años en Francia, mis propiedades allá y mis considerables contactos parisinos, para solicitar y obtener la nacionalidad francesa. Había dimitido de mis cargos en la embajada española de la avenida Georges V y, aun manteniendo estrechas relaciones con mis antiguos compatriotas, me había refugiado en lo que yo consideraba la primera civilización del mundo. Vaya, pues al final esta pirueta había acabado por ser una trampa: salí huyendo de un chispazo para refugiarme en un incendio. Menuda tontería. En fin. Casualidades de la vida, el destino, la mala suerte.