Recuerdo la fecha con tanta seguridad porque he pensado en ella una y otra vez durante todos estos años. No pasa un día sin que reviva la pesadilla en que se convirtieron nuestras vidas a partir de aquel momento. No pasa un día sin que maldiga aquel aburrido villorrio en el que, bajo el apacible aspecto de balneario burgués, fue establecido un verdadero infierno de tiranía, delaciones, hipocresía y mentirosa beatería, empezando por la razón misma que invocaron sus mentores para convertirlo en capital de Francia. La capital del mariscal Pétain. Vichy.

GVC. Ésas fueron las primeras siglas de la resistencia: GVC, Grupo Vichy de Combate.

Constituido solemnemente por todos nosotros aquel domingo 28 de julio de 1940, al regreso de las carreras de caballos.

Desde luego que sí. Y apenas tres meses más tarde, el grupo de héroes a su pesar que lo componían se había esfumado, arrastrado por su incapacidad de hacer nada a derechas. Uno, atado de pies y manos por su servicio al mariscal, no podía salir de Vichy y menos aún intervenir en las acciones de la resistencia. Otro había desaparecido, creo que en París, o al menos de allí nos llegaron las últimas noticias que tuvimos de él, mientras lo perseguía la policía por comunista. Un tercero no había regresado de Toulouse para prestarnos la urgente ayuda prometida antes de marchar: la organización del atentado con el que nos proponía inaugurar, mal que nos pesara, la fase de lucha armada contra los nazis. Y puesto que no acabó de llegar cuando lo esperábamos, cuando más lo necesitábamos, así, de un plumazo, nos quedamos huérfanos del único activista experimentado, curtido en la guerra de España, el único luchador que sabía fabricar una bomba. Es más, si no hubiera sido tan patético, resultaría risible constatar que, por culpa de esta circunstancia seguramente casual, el peso de la organización y ejecución del atentado recayó en el único miembro del GVC incapaz de cualquier violencia.

Sí, yo.



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