
Yo, abandonado ahora a mi suerte justo al norte de la línea de demarcación que separaba la Francia ocupada por los alemanes de la Francia sedicentemente libre de los que se habían rendido a Hitler, «firmado el armisticio», decían ellos. Carecía de documentación válida con la que cruzar a la Francia libre, no tenía motivo que esgrimir para justificar mi presencia en el tren proveniente de París, iba sin armas con que defenderme y, lo peor, me faltaba el más mínimo deseo de sacrificarme por una causa que ni siquiera era mía. Una de las dos zonas era peor que la otra, es bien cierto, pero no hubiera podido decir cuál. ¿Cómo explicar a cualquiera de los gendarmes del norte o del sur que sin duda me acabaría deteniendo que yo no tenía nada que ver con una cosa o con la otra, que a mí no me buscaban los alemanes, se lo juro, ni la policía de Vichy? ¡Si era conocido del mismísimo mariscal, por dios, amigo del prefecto Bousquet! Hubiera negado, no tres veces, sino mil que me hubieran preguntado, mi relación con nada.
Ah, pero no. Quedaba Marie. Dios mío, Marie. La más valiente, la más decidida, la más fuerte de todos nosotros. Separada de mí en la Gare de Lyon por su irreflexiva manía de seguir sus impulsos sin cuestionarlos, había saltado del tren para recuperar los cuadernos de notas de Philippa von Hallen, olvidados sobre la mesa del cuartucho de los ferroviarios. ¿Qué falta nos hacían los malditos cuadernos? ¿Qué contenían que fuera tan precioso?
Sólo imaginar los peligros que le acechaban me provocaba una inacabable angustia. Metido entre los bultos que componían el atrezzo de la compañía teatral de Sacha Guitry (escondido de hecho en uno de los grandes baúles del vestuario del propio Guitry) en el vagón que nos trasportaba hacia Vichy, sólo tenía un pensamiento, el único capaz de vencerme el miedo: llegar cuanto antes a la capital para hacer cualquier cosa con tal de encontrar a Marie y recuperarla. ¡Yo! Esta Pimpinela Escarlata de pacotilla intentando poner remedio a un desastre sin paliativos, a una catástrofe que no habría sabido cómo arreglar si no fuera implorando misericordia, que no habría sabido remediar incluso disponiendo de todos los medios imaginables.
