– Ah, perdón. Qué mal educada soy. No se le debe gritar al jefe hasta, al menos, haber sido presentados. Porque tú eres Michael Armstrong, ¿verdad? Hay una fotografía tuya en el despacho de tu padre y…

– Mike -corrigió él, cuando consiguió despegar la lengua del paladar-. Y no soy el jefe. Solo voy a ocupar el puesto de mi padre durante unas semanas.

– Muy bien, Mike. Yo soy Willow Blake -sonrió ella, ofreciendo su mano-. Adiós. Llego tarde.

Mike se quedó mirándola con una sonrisa que hubiera hecho sentir complejo de inferioridad al gato de Alicia en el país de las maravillas.

Él solo había querido flirtear un poco. Y ella lo había mantenido a raya durante más tiempo del que esperaba. La caza había sido divertida y atraparla fue… como encontrar algo que hubiera perdido mucho tiempo atrás. Pero la había perseguido como Michael Armstrong, el jefe provisional del periódico para el que ella trabajaba. Willow era una chica difícil y Mike había tenido que echar mano de todas sus armas.

Cuando por fin la consiguió, no le pareció necesario explicar que solo estaba en Melchester provisionalmente.

Y entonces le había pedido que se casara con él.

Y lo había dicho de verdad.

El «sí» de Willow casi lo hizo gritar: «¡Que paren las máquinas… que cambien la primera página… tengo una gran noticia!». Y eso ahogó una vocecita en su interior que le decía que Willow creía estar a punto de casarse con el heredero de un imperio editorial. No un hombre que, en su vida real, vivía en lo que una vez había sido un establo. Un sitio en el que su vida era completamente diferente.

¿Tenía miedo de que ella no amara al verdadero Michael Armstrong? ¿Por eso no se lo había contado?

Una vez que su padre los había llevado a la casa, con el plano envuelto en papel de regalo, era demasiado tarde.

– Solo tienes una vida, Mike -dijo Cal, interrumpiendo sus negros pensamientos-. Tienes que vivir tu sueño. Se supone que es la novia la que debe estar nerviosa.



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