
– Lo que no estás dispuesto a hacer por tu padre ¿estás dispuesto a hacerlo por amor? Si yo estuviera en tu pellejo, admito que haría lo mismo -sonrió Cal-. Quizá la guardería debe ser una prioridad después de todo.
– Mi padre cree que ha sido sutil dándonos pistas.
– ¿El infarto no ha conseguido calmarlo?
– ¿Infarto? Estoy empezando a sospechar que no era más que una indigestión.
Pero había conseguido lo que quería. Mike había vuelto a casa a toda prisa para dirigir el Chronicle y la revista Country Chronicle mientras su madre se llevaba al viejo Armstrong de vacaciones. Unas largas vacaciones. Debería haber salido corriendo cuando su padre, que odiaba ir de vacaciones, aceptó hacer un crucero de seis semanas.
– No sé. Quizá estoy siendo demasiado cínico. Fuera lo que fuera, le ha recordado que también él es mortal.
– ¿Eso es todo? ¿No hay ningún otro problema?
Mike se pasó la mano por la cara.
– Bueno, tengo que cortarme el pelo antes del sábado -contestó, intentando apartar de sí aquella sensación de angustia.
Amaba a Willow. Ella había sido la única luz en la oscuridad cuando se vio obligado a volver a casa y tomar las riendas del negocio familiar.
Había entrado en la oficina aquella mañana, con un ánimo tan negro como la tinta del periódico, cuando se chocó con ella. El móvil que Willow llevaba en la mano había caído al suelo y después de comprobar que no se había roto, ella lo miró con expresión furiosa.
– ¿Por qué no mira por dónde va?
Mike había estado a punto de replicar que era ella quien no miraba cuando, de repente, todo pareció pararse, incluido su corazón. Entonces Willow había sonreído, burlona.
