
Pero ir andando fue un error. Llevaba zapatos nuevos y después de caminar un kilómetro tenía una ampolla en el talón. Si cojeaba en la iglesia, su madre la mataría. Aunque eso resolvería todos sus problemas de un tirón. La otra opción era tomar el autobús. Cuando llegó a la parada, apoyó su peso sobre el otro pie y esperó.
– ¿Puedo llevarla a alguna parte, señorita?
Willow no pudo evitar que le diera un vuelco el corazón al escuchar la voz de Mike. Cuando se volvió, lo vio con su flequillo color miel cayéndole sobre la frente mientras le abría la puerta del jeep negro.
– Mi madre me ha dicho que no suba nunca al coche de un extraño -contestó, consciente de las miradas de envidia de las mujeres que había en la cola del autobús-. Creí que estabas demasiado ocupado.
– Y lo estoy. Y tengo un dolor de cabeza espantoso. Por eso se me había olvidado que tenía que llevarte a casa de Crysse.
– Espero que la despedida de soltero mereciera la pena.
– No estoy seguro.
La despedida de soltero no había sido divertida. Ni todo el alcohol del mundo, ni las bromas de Cal y sus amigos habían conseguido hacerle olvidar el lío en el que se había metido.
– Por favor sube, Willow -insistió, observando los rostros expectantes que observaban el pequeño drama.
– ¿Cómo sabías que no había pedido un taxi?
– Estabas enfadada -contestó Mike. Y no podía culparla-. Si yo hubiera estado enfadado, también habría ido andando.
– Pues habrías cometido un error -murmuró Willow, entrando en el coche. Estaban llamando demasiado la atención y no le hacía gracia-. Me ha salido una ampolla en el pie.
