– Oh, pobrecita. Ven aquí -murmuró Mike, olvidando a los espectadores. Cuando la tomó en sus brazos, ella apoyó la cabeza en su hombro como un gatito-. Lo siento mucho.

Cuando se apartó un poco para mirarla, los ojos azules de Willow lo hicieron desear haber escuchado a Cal y haberse tomado la tarde libre para estar con ella en la cama. Hasta el día siguiente.

– ¿Tienes que ir a casa de tu prima?

– Me temo que sí. Tenemos que ensayar la entrada y a una de las damas de honor se le ha descosido el vestido. Además, quedan tarjetas por escribir…

– ¿Sabes una cosa? -la interrumpió él.

– ¿Qué?

– Si hubiera sabido antes en la que nos estábamos metiendo, no te habría pedido que te casaras conmigo.

– Créeme, si yo lo hubiera sabido te habría dicho que no -replicó ella. Por un segundo, Mike vio un brillo extraño en sus ojos azules. Casi como si deseara que hubiera sido así-. Estoy intentando tomarme esto como una visita al dentista. Es angustioso, pero después…

No terminó la frase, como si esperase que Mike lo hiciera por ella: «Pero después todo es maravilloso» o algo así.

– Ponte el cinturón -dijo él, sin embargo, antes de arrancar y perderse entre el tráfico.

Cualquier cosa mejor que pensar en aquel «después» tras un escritorio, en una oficina, llevando la contabilidad de un periódico.


– Me han ofrecido un trabajo, Crysse.

– ¿Qué clase de trabajo? -preguntó su prima, sin levantar la mirada de un dobladillo descosido-. ¿No será en el Evening Post? Aunque, la verdad es que trabajar con tu marido no es muy buena idea. Veinticuatro horas al día de felicidad es más de lo que cualquier mujer puede soportar. Aunque yo no esté en posición de juzgar eso.

– La verdad es que casi nunca veo a Mike en la oficina. Además, no es el Evening Post. No podría trabajar para un periódico rival. ¿Recuerdas que envié mi curriculum al Globe?



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