– No serviría de nada. De todas formas, tengo que darle de comer a Rasputín y a Fang -dijo Willow, tomando el albornoz. Los dos peces de colores, que Mike le había regalado, valían su peso en oro.

– Pues tráete a los peces -replicó él-. Y también puedes traer tu colección de peluches.

– Cuando estoy en tu casa, prefiero abrazarte a ti antes que a un peluche, cariño -sonrió Willow, antes de entrar en el cuarto de baño.

Mike saltó de la cama y la siguió.

– Déjame sitio. ¿O se te ha olvidado la campaña de ahorro de agua que tú misma has organizado a través del periódico?

Así no llegaría a casa antes de amanecer, pensó Willow. Pero le dejó sitio, esperando evitar cualquier contacto físico.

– ¿Qué más puedo decir? -preguntó Mike entonces, mientras enjabonaba su espalda. Muchas cosas más, pensó ella, intentando disimular el placer que le producían las manos del hombre deslizándose por su piel-. Tráetelo todo. Ven a vivir conmigo.

Willow contuvo el aliento. No era la primera vez que se lo pedía.

– ¿Y por qué iba a hacer eso?

– Porque soy irresistible -sonrió Mike-. Y porque odias tener que volver a casa por la noche y eres demasiado buena como para hacer que te lleve yo.

– Eso es verdad.

– Venga, será divertido. Podemos hacer esto todos los días.

Mike la rodeó con sus brazos y la besó en el cuello, para demostrarle lo divertido que podría ser.

Tenía razón. Era irresistible. Pero, en aquel tema, Willow no pensaba ceder. Cuando Mike movió las cejas, como pidiendo una respuesta que creía conocer, ella suspiró.

Sabía que Mike no le permitiría cambiar de tema sin una explicación. Era el momento de contarle su filosofía sobre el asunto de «vivir juntos».



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