Respiró hasta notar cómo sus pulmones se hundían, cargados de tierra y hollín, y cuando estimó haber pagado una cuota de sufrimiento a su desvelado masoquismo, regresó al abrigo del portal y terminó de quitarse la camisa. La sensación de sequedad en la garganta era entonces mucho mayor, mientras la certeza de la soledad se había desbocado y resultaba más difícil de localizar en algún rincón de su cuerpo. Fluía indetenible, como si le corriera por la sangre. «Eres un cabrón recordador», siempre le decía su amigo, el Flaco Carlos, pero era inevitable que la Cuaresma y la soledad lo hicieran recordar. Aquel viento ponía a flotar las arenas negras y los desperdicios de su memoria, las hojas secas de sus afectos muertos, los olores amargos de sus culpas con una persistencia más perversa que la sed de cuarenta días en el desierto. Me cago en la ventolera, se dijo entonces, pensando que no debía darle más vueltas a sus melancolías porque conocía el antídoto: una botella de ron y una mujer -mientras más puta mejor- eran la cura instantánea y perfecta para aquella depresión entre mística y envolvente.

Lo del ron podía ser remediable, incluso dentro de los límites de la ley, pensó. Lo difícil era combinarlo con esa mujer posible que había conocido tres días antes y que le estaba provocando aquella resaca de esperanzas y frustraciones. Todo comenzó el domingo, después de almorzar en casa del Flaco, que ya no era flaco, y de comprobar que Josefina estaba en tratos con el Diablo. Solamente aquel carnicero de apodo infernal podía propiciar el pecado de gula al que los lanzó la madre de su amigo; increíble pero cierto: cocido madrileño, casi como debe ser, explicó la mujer cuando los hizo pasar al comedor donde ya estaban servidos los platos de caldo y, circunspecta y desbordada de promesas, la fuente de carnes, viandas y garbanzos.



2 из 197