– Mi madre era asturiana, pero siempre hacía el cocido a la madrileña. Cuestión de gustos, ¿no? Pero el problema es que además de las patas de puerco saladas, el pedazo de pollo, el tocino, el chorizo, la morcilla, las papas, las verduras y los garbanzos, lleva también judías verdes y un hueso grande de rodilla de vaca, que fue lo único que me faltó conseguir. Aunque así sabe bien, ¿no? -preguntó, retórica y complacida, ante el asombro sincero de su hijo y del Conde, que se lanzaron sobre la comida, asintiendo desde la primera cucharada: sí, sabía bien, a pesar de las ausencias sutiles que Josefina lamentaba.

– De puta madre, rediez -dijo uno.

– Oye, deja para los demás -advirtió el otro.

– Coño, ese chorizo era el mío -protestó el primero.

– Me voy a reventar -admitió el otro.

Después de aquel almuerzo inimaginable se les cerraban los ojos y les pesaban los brazos, en una clamorosa petición orgánica de una cama, pero el Flaco insistió en sentarse frente al televisor para hacer el postre con el doble juego de pelota. El equipo de La Habana, por fin, estaba jugando una temporada como se debía, y el olor de la victoria lo arrastraba tras cada partido de su equipo, incluso cuando sólo lo trasmitían por radio. Seguía el destino del campeonato con una fidelidad que sólo podía dispensar alguien como él, terriblemente optimista, aun después de haber ganado por última vez en el año ya remoto de 1976, cuando hasta los peloteros parecían más románticos, sinceros y felices.

– Yo me voy pal carajo -dijo entonces el Conde, al final de un bostezo que lo removió-. Y no te hagas ilusiones para morir de desengaños, salvaje: al final esta gente la caga y pierden los juegos buenos, acuérdate del año pasado.

– Yo siempre lo he dicho, bestia, me encanta verte así: entusiasmado y con esa alegría… -Y lo señaló con el índice-. Eres una cabrona tiñosa. Pero este año sí ganamos.

– Bueno, allá tú, no me digas después que no te lo advertí… Es que además tengo que escribir un informe para cerrar un caso y todos los días lo dejo para mañana. Acuérdate que soy un proletario…



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