El teniente investigador Mario Conde no dejó de sonreír incluso después que el Fiat polaco se perdiera en la curva de la Calzada. Regresó a su casa dando brincos de alegría y de presentida felicidad.

Pero todavía era apenas Miércoles de Ceniza, por más que contara y volviera a contar las horas que le faltaban para su nuevo encuentro con ella. Tres días de espera, por lo pronto, ya le habían bastado para imaginarlo todo: matrimonio y niños incluidos, pasando, como etapa previa, por actos amatorios en camas, playas, hierbazales tropicales y prados británicos, hoteles de diversos estrellatos, noches con y sin luna, amaneceres y Fiats polacos, y después, todavía desnuda, la veía colocarse el saxo entre las piernas y chupar la boquilla, para atacar una melodía pastosa, dorada y tibia. No podía hacer otra cosa que imaginar y esperar, y masturbarse cuando la imagen de Karina, saxofón en ristre, resultaba insoportablemente erógena.

Decidido a transarse otra vez por la compañía del Flaco Carlos y de la botella de ron, el Conde volvió a ponerse la camisa y cerró la puerta de su casa. Salió al polvo y el viento de la calle, y se dijo que, a pesar de la Cuaresma que lo enervaba y deprimía, en aquel instante pertenecía a la rara estirpe del policía en vísperas de ser feliz.

– ¿Y no me piensas decir qué coño te pasa, tú?

El Conde apenas sonrió y miró a su amigo: ¿qué le digo?, pensó. Las casi trescientas libras de aquel cuerpo vencido sobre el sillón de ruedas le dolían una por una en el corazón. Le resultaba demasiado cruel hablar de felicidades potenciales a aquel hombre cuyos placeres se habían reducido para siempre a una conversación pasada por alcohol, una comida pantagruélica y un fanatismo enfermizo por el béisbol. Desde que recibiera el tiro en Angola y quedara definitivamente inválido, el Flaco Carlos, que ya no era flaco, se había convertido en un lamento profundo, en un dolor infinito que el Conde asumía con un estoicismo culpable.



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