
– Me enseñó de todo lo que sabía, hasta a tocar el saxofón.
– ¿El saxofón? -casi grita, incrédulo-. ¿Tú tocas el saxofón?
– Bueno, no soy músico ni mucho menos. Pero sé soplarlo, como dicen los jazzistas. A él le encantaba el jazz y tocó con mucha gente, con Frank Emilio, con Cachao, con Felipe Dulzaides, la gente de la vieja guardia…
El Conde apenas la oía hablar de su padre y de los tríos, quintetos y septetos en que había participado ocasionalmente, de descargas en la Gruta, en Las Vegas y en el Copa Room, y ni siquiera necesitaba cerrar los ojos para imaginar a Karina con la boquilla del saxofón entre los labios y el cuello del instrumento bailando entre sus piernas. ¿Será verdad esta mujer?, dudó.
– ¿Y a ti te gusta el jazz?
– Mira…, es una cosa que no puedo vivir sin él -dijo y abrió los brazos, para marcar la inmensidad de aquel gusto. Ella sonrió, aceptando la exageración.
– Bueno, me voy. Tengo que preparar las cosas para mañana.
– ¿Entonces tú me llamas? -y la voz del Conde bordeó la súplica.
– Seguro, en cuanto regrese.
El Conde encendió un cigarro, para llenarse de humo y de valor, al borde de la estocada decisiva.
– ¿Qué quiere decir separada? -soltó de corrido, con cara de alumno poco aventajado.
– Búscalo en un diccionario -le propuso ella, sonrió y volvió a mover la cabeza. Recogió las llaves del auto y avanzó hacia la puerta. El Conde la acompañó hasta la acera-. Muchas gracias por todo, Mario -dijo ella y, después de pensarlo un momento, preguntó-: Oye, pero tú no me has dicho qué cosa tú eres, ¿verdad?
El Conde lanzó el cigarro a la calle y sonrió al sentir que regresaba a terreno seguro.
– Soy policía -dijo y cruzó los brazos, como si el gesto fuera un complemento necesario a su revelación.
Karina lo miró y se mordió levemente los labios antes de decir, descreída:
– ¿De la policía montada del Canadá o de Scotland Yard? Sí, yo lo sabía, tienes cara de mentiroso -dijo, se apoyó en los brazos cruzados del Conde y lo besó en la mejilla-. Adiós, policía.
