Le estreché la mano, y mi nuevo cliente la retuvo durante un tiempo incómodamente largo, mientras escudriñaba mi cara. Hay muchos clientes que lo hacen; se consideran buenos jueces del carácter de un hombre y, después de todo, no van a revelar sus pequeños y embarazosos problemas a un hombre que tiene un aspecto sospechoso y poco honrado. O sea que es una suerte que pueda mostrar el aspecto de alguien firme y fiable. Sea como fuere, volvamos a los ojos de mi cliente: eran azules, grandes y saltones, con un extraño brillo acuoso en ellos, como si acabara de salir de una nube de gas mostaza. Me impresionó un tanto darme cuenta de que el hombre había estado llorando.

Six me soltó la mano y cogió la fotografía que yo había estado mirando. La contempló fijamente durante unos segundos y luego suspiró profundamente.

– Era mi hija -dijo con el corazón en la garganta.

Dejó la fotografía boca abajo sobre el escritorio y se apartó el pelo gris, cortado estilo monje, de la frente.

– Era, porque está muerta.

– Lo siento -dije con voz grave.

– No tendría que sentirlo -respondió-. Porque si estuviera viva usted no estaría aquí con la perspectiva de ganar un montón de dinero.

Lo escuché; hablaba mi propio idioma.

– ¿Sabe?, murió asesinada.

Se detuvo para conseguir un efecto dramático; los clientes suelen hacerlo, pero éste era bueno.

– Asesinada -repetí tontamente.

– Asesinada.

Se tiró de una oreja, grande como la de un elefante, antes de meterse las nudosas manos en los bolsillos de su informe traje azul marino. No pude menos de observar que tenía los puños de la camisa sucios y deshilacliados. Nunca había conocido a un millonario del acero antes (había oído hablar de Hermann Six; era uno de los principales fabricantes del Ruhr), pero éste me chocó por extraño. Se balanceó sobre los talones y le miré los zapatos. Se puededecir mucho mirando los zapatos de un cliente. Es lo único que he aprendido de Sherlock Holmes.



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