– ¿No le dan claustrofobia estas pequeñas casas de campo?

Schemm suspiró, petulante, como una vieja solterona al notar que el aliento del párroco huele a ginebra.

– Por favor, siéntese, Herr Gunther -dijo.

No le hice ningún caso. Acariciando los dos billetes de cien que llevaba dentro del bolsillo para mantenerme despierto, deambulé hasta el escritorio y eché una ojeada por encima de su superficie de piel verde. Había un ejemplar del Berliner Tageblatt, muy leído, y un par de anteojos de media luna, una pluma, un pesado cenicero de bronce con la colilla de un puro con marcas de dientes y, a su lado, la caja de Black Wisdom Havanas de la cual lo habían sacado; una pila de correspondencia y varias fotografías en marcos de plata. Miré hacia Schemm, que se estaba esforzando en vano con su revista y sus párpados, y luego cogí una de las fotografías. Era morena y bonita, llenita, que es como me gustan a mí, aunque era fácil ver que mi conversación de sobremesa le habría parecido totalmente resistible; su traje de graduación lo decía bien claro.

– Es guapa, ¿no cree? -dijo una voz que, procedente de la puerta de la biblioteca, hizo que Schemm se levantara del sofá. Era un tipo de voz cantarína, con un ligero acento berlinés. Me volví para mirar al propietario de la voz y me encontré frente a un hombre de escasa estatura. Tenía la cara rubicunda e hinchada, y mostraba un abatimiento tan grande que casi me impidió reconocerlo. Mientras Schemm se dedicaba a inclinarse, murmuré algo elogiososobre la chica de la foto.

– Herr Six -decía Schemm con más obsequiosidad que la concubina de un sultán-, permítame que le presente a Herr Bernhard Gunther.

Se volvió hacia mí, y su voz cambió para ponerse a la altura de mi deprimida cuenta bancaria.

– Éste es el Herr Doktor Hermann Six.

Era divertido, pensé, lo que pasaba en los círculos más elevados: todo el mundo era un condenado doctor.



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