Después de eso bebimos un poco más, y más tarde me encontré bailando con una bonita compradora de medias de los almacenes Grunfeld. Se llamaba Carola y la convencí para irnos juntos, así que fuimos a despedirnos de Dagmarr y Buerckel y desearles buena suerte. Fue algo extraño, pensé, que Buerckel escogiera aquel momento para referirse a mi historial de guerra.

– Dagmarr me ha dicho que estuvo en el frente turco.

Me pregunté si no estaría un poco preocupado por tener que ir a España.

– Y que ganó la Cruz de Hierro -añadió.

– Sólo la de segunda clase -dije encogiéndome de hombros. Así que era eso, pensé, el aviador estaba sediento de gloria.

– No importa -dijo-. Una Cruz de Hierro. La del Führer también fue de segunda clase.

– Bueno, no puedo hablar por él, pero según mis propios recuerdos, bastaba que un soldado fuera honrado – honrado por comparación- y sirviera en el frente, y resultaba bastante fácil conseguir una de segunda clase. ¿Sabes?, la mayoría de las medallas de primera clase se las daban a los hombres que estaban ya en los cementerios. A mí me dieron mi Cruz de Hierro por no meterme en problemas. -Me iba entusiasmando con el tema-. ¿Quién sabe?, si todo va bien, puede que tú también consigas una. Luciría mucho en esa guerrera tan estupenda.

Los músculos de la enjuta cara de Buerckel se tensaron. Se inclinó hacia mí y le llegó el olor de mi aliento.

– Está bebido.

– Sí -dije. Poco seguro sobre mis pies, me di media vuelta-. Adiós, hombre. [1]

2

Era tarde, más de la una, cuando cogí el coche para volver a mi piso en la Trautenaustrasse, que está en Wilmersdorf, un barrio modesto, pero mucho mejor que Wedding, el distrito de Berlín en el que me crié. La calle va hacia el noroeste desde la Güntzelstrasse y más allá de la Nikolsburger Platz, donde hay una especie de fuente paisajística en medio de la plaza. Yo vivía, bastante cómodamente, en el otro extremo, el de la Prager Platz.



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