Avergonzado por haberme burlado de Buerckel delante de Dagmarr y por las libertades que me había tomado con Carola, la compradora de medias, en el Tiergarten, cerca del estanque de los peces, me quedé sentado dentro del coche fumando un cigarrillo pensativamente. Tenía que admitir que la boda de Dagmarr me había afectado más de lo que yo habría esperado. Comprendía que no ganaba nada con amargarme pensando en ello. No creía que pudiera olvidarla, pero podía apostar sin miedo a perder a que encontraría un montón de maneras para dejar de pensar en ella.

Fue sólo después de salir del coche cuando vi el gran Mercedes descapotable de color azul oscuro, aparcado unos veinte metros calle abajo, y a los dos hombres apoyados en él, esperando a alguien. Me preparé cuando uno de los dos tiró el cigarrillo y se dirigió rápidamente hacia mí. Cuando estuvo más cerca vi que iba demasiado bien vestido para ser de la Gestapo y que el otro llevaba uniforme de chófer, aunque con su musculatura de levantador de pesos de un teatro de variedades habría parecido mucho más cómodo dentro de unas mallas de piel de leopardo. Su presencia, que distaba mucho de ser discreta, le daba al hombre bien vestido y más joven una evidente confianza.

– ¿Herr Gunther? ¿Es usted Herr Gunther?

Se detuvo delante de mí y yo le lancé mi mirada más dura, de la clase que hace parpadear a un oso. No me gusta la gente que me aborda frente a mi casa a la una de la madrugada.

– Soy su hermano. Él está fuera de la ciudad.

El hombre sonrió. No se lo había tragado.

– ¿Herr Gunther, el investigador privado? A mi patrón le gustaría hablar con usted. -Señaló el Mercedes-. Está esperando en el coche. He hablado con la portera y me ha dicho que esperaba que volviera esta noche. Eso fue hacetres horas, así que, como puede ver, llevamos esperando bastante rato. De verdad, es muy urgente.



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