Por último se llevó ambas manos al rostro, sintiendo una profunda vergüenza. Necesitó más que nada en el mundo abandonar aquel aposento y la presencia de monseñor.

– Permítame explicárselo -oyó decir afablemente a monseñor. Luego éste prosiguió con más firmeza-: Es de todo punto necesario que deje usted St. Anthony, créame, hermana Anne. Si no fuera importante no se lo pediríamos. Por favor, escuche lo que me contó Su Eminencia esta mañana temprano. La razón de su llamada urgente. Necesitará usted de toda su fe para creer lo que debo decirle…


A las once y media de aquella mañana, Anne Feeney había dado ya todos sus adioses. Las dos maletas negras estaban hechas y prestas para la partida. Todas sus pertenencias terrenales le colgaban de los brazos como los avíos de un marchante yanqui.

Monseñor le había facilitado para el importante viaje una de las «rubias» del colegio. El reluciente vehículo familiar ofrecía un aspecto incongruente aparcado allí frente a la maltrecha casa de hojalata llamada Hope Cottage.

Quince chicas, en su mayoría negras e hispanoamericanas, merodeaban por el césped de suave declive. Algunas visiblemente malhumoradas; unas pocas llorando.

Anne había intentado explicarles la situación.

Les había dicho todo cuanto le era permisible decir.

Todo salvo la increíble verdad sobre el lugar adonde se dirigía y lo que se esperaba de ella.

Por fin, Laura Harding y Gwinnie Johnson hicieron su aparición, salieron contoneándose del Cottage fumando cigarrillos.

Laura y Gwinnie eran los elementos más perturbadores de Hope Cottage, sobre eso no había duda alguna. Pero eran también las favoritas absolutas de Anne en el colegio. Ambas representaban todo cuanto había hecho de bueno Anne en St. Anthony.



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